Prólogo

Los hay que piensan que a mediados del siglo XIX nació un genio que sería referencia en su tiempo.

Otros en cambio creemos, sin lugar a duda, que hablamos del mayor portento que jamás haya habitado en este pequeño planeta, y como desgraciadamente suele pasar en estos casos, en los que el miedo a lo desconocido nos atenaza, fue incomprendido por sus contemporáneos, rechazado y finalmente apartado.

Pero, ¿miedo a qué? Puede que a una visión más amplia sobre el futuro que nos espera, ante la que nuestra habitual arrogancia nos impide avanzar con soltura.

Sus impresionantes y revolucionarios descubrimientos, junto a su asombrosa precocidad, su constancia inquebrantable, y su trabajo sin límites hasta el último aliento fueron la impronta que le caracterizó.

Quizás el débil cuerpo humano no esté a la altura de albergar una mente tan privilegiada, tan limpia, tan clara, tan perfecta.

Quizás no estábamos preparados para convivir junto a semejante portento.

Quizás el tiempo, lento pero implacable, le ponga alguna vez en el lugar que se merece.

Quizás algún día, allá donde quiera que esté, nos perdone nuestra torpeza e ignorancia.