Capítulo 4

Ciudad de Marbella (España)

Lunes, 25 de julio de 2011, 08:21h

Veinte días después.

 

 

Aunque no fuese una práctica habitual en él, Miguel Barrat Romero, director de la oficina de Marbella-Puerto Banús, cerró la puerta al entrar en su despacho, no le gustaba poner barreras en las relaciones con sus compañeros, pero hoy la situación era diferente. Aprovechó la coyuntura para quitarse la americana del traje gris elegido para un lunes algo sombrío, combinación perfecta con su camisa blanca y una bonita corbata burdeos. Tras dejarla cuidadosamente colgada en una silla y mirar un segundo por la ventana hacia la plaza, se sentó con cierta parsimonia en su silla y procedió a encender su ordenador. Seguía algo dubitativo, ¿qué querría Styrbjor? O Sty, como coloquialmente le había sugerido que le llamase tras demostrarle en repetidas ocasiones la total incapacidad para pronunciar correctamente su nombre. Llevaba esperando este momento desde hacía semanas, prácticamente desde… que tuvo aquel extraño encuentro, pero de repente el tenerlo justo ante sí le generaba cierta ansiedad. ¿Qué querría decirle? Se repetía una y otra vez, ¿qué podría ofrecerle?. Igual detrás de toda esa absurda idea para ayudarle a cambiar el mundo únicamente se escondiese una simple oferta laboral.

–Quién sabe –masculló entre dientes mientras se encogía de hombros.

No sería la primera vez que se lo ofrecían, aunque las ofertas laborales venían principalmente de la competencia, otras entidades bancarias peleando por atraer buenos profesionales ya formados. En fin… solo había una manera de averiguarlo.

El ordenador, poco a poco, iniciaba sus tareas. Como todas las mañanas tuvo que ir abriendo las múltiples aplicaciones que se utilizaban habitualmente en el banco, cada una con sus respectivas claves, y todas diferentes. Muchas veces se preguntaba si trabajaba en una entidad bancaria o en la mismísima agencia de inteligencia de los Estados Unidos.

No podía demorarlo más, y como movido por un extraño magnetismo sus ojos se centraron por fin en un pequeño Post-it amarillo situado sobre su ordenado escritorio. Trataba de que los papeles no le ganasen la batalla, aunque muchas veces no fuera sencillo. Alargó la mano para sostenerlo entre sus dedos; en él se podía ver escrito con la bonita letra de una mujer:

posit

Debería emplear su teléfono móvil, pero… ¿por qué? Siempre pensó que si se necesitaba guardar la confidencialidad a la hora de mantener una conversación telefónica, tendría que usar una línea fija, ya que interceptar una conversación entre teléfonos móviles era relativamente sencillo. Se encogió de hombros nuevamente y sacó de su bolsillo su nuevo y reluciente teléfono móvil, un Iphone blanco, todo el mundo en el banco tenía uno y al final había sucumbido. Marcó aquel interminable número escrito en el Post-it repleto de asteriscos y almohadillas. Jamás en su vida se encontró ante nada parecido, dudó realmente de que alguien contestara al otro lado. Llevaba ya seis extraños tonos, no eran los convencionales que escuchaba desde que era pequeño, ni siquiera se asemejaban a esos algo diferentes cuando uno llamaba a otros países. De fondo y casi de manera imperceptible, un zumbido a modo de interferencia dificultaba escucharlos.

Beeeeeeep – Beeeeeeeep – Beeeeeee – Beeee….

–Buenos días, Miguel –respondió finalmente una voz conocida al otro lado del teléfono.

Miguel se quedó sorprendido, estaba a punto de colgar el teléfono cuando escuchó ese “Buenos días”, y tuvo la sensación de que alguien lo estuviese observando, aunque inmediatamente descartó aquella estúpida idea.

–¿Señor Ljunberg? –preguntó Miguel dubitativo.

–Sty, por favor, llámame Sty –volvió a sugerirle. –Si escucho que alguien pregunta por el señor Ljunberg tengo que girarme en busca de mi padre. –Añadió de lo más jovial.

A Miguel le sorprendió ver a Styrbjorn tan animado, en su última conversación se le notaba decaído, acababa de recibir una terrible noticia y tenía que salir con urgencia de la ciudad. Esas palabras daban a entender que las tres últimas semanas le ayudaron a recuperar su alegría.

–Perfecto, a partir de ahora, Sty –Miguel prefirió seguir los consejos del señor Ljunberg.

–¿Cómo va todo por ahí, Miguel? –se interesó Styrbjorn.

–Bien, no me puedo quejar –explicaba no de muy buena gana Miguel. -Intentando dejar todo listo para irme de vacaciones este viernes.

–No me he olvidado del favor que me hiciste, Miguel, y te garantizo que no te arrepentirás –apuntilló el sueco.

–Lo único que necesito es que puedas dejar la documentación pertinente firmada cuando vuelvas o, como bien sabes, al subdirector y responsable de administración de la oficina, el señor Marcos Galván, le dará un infarto, y a mí otro de escucharle día y noche –se “quejaba” Miguel.

–Se escucharon unas risas al otro lado del teléfono. –Le puedes transmitir a Marcos que esta misma semana tendrá todos los papeles firmados.

Sty sabía perfectamente quién era Marcos Galván, casi siempre trataba con él. Pese a rondar los cincuenta años, Marcos parecía sacado de una banca antigua y casi olvidada, y es que ejercía realmente como el clásico interventor de oficina bancaria. Trabajaba guardando un escrupuloso celo: cajas siempre cuadradas, alarmas activadas, contratos firmados… No se le pasaba una. A pesar de esa figura estricta y casi imperturbable, sabía cómo tratar a cierto tipo de clientes de relevancia y ser, en algunos casos, algo más indulgente.

–Le diré ahora mismo que vuelves esta semana, seguro que se quita un enorme peso de encima –se escuchó al director por el teléfono.

–Vuelvo este viernes –concretó algo más Sty. –Como te comenté en nuestra conversación de hace tres semanas, he estado de viaje. Todo el tiempo de acá para allá solucionando problemas… Tenemos que vernos el mismo viernes –continuó Sty tras un receso. –Tengo algunas ideas interesantes que me gustaría que valorases… –El teléfono quedó en silencio.

Styrbjorn pensó por un momento que si tratase de explicarle a Miguel dónde se encontraba en estos momentos y sus últimas tres semanas, lo más probable es que no se hubiese creído ni una palabra, y pensaría que hablaba con un esquizofrénico.

Por su parte, Miguel comenzaba a estar sorprendido por las posibles propuestas que le ofrecería Sty, pero más si cabe por la calidad del sonido telefónico. La voz de Styrbjorn se escuchaba mejor que si lo tuviese sentado a su mesa, nunca había participado de una transmisión de sonido tan limpia.

–Supongo que hablamos de tratar algunas propuestas de inversión para las posiciones que mantenéis aquí con nosotros –aventuró Miguel.

–NO… –fue un “No” seco y contundente, acompañado de un interminable silencio que a Miguel se le hizo eterno. –Es una propuesta personal para ti –concluyó finalmente.

–¿Para mí? –respondió un intrigado Miguel. –No seguirás con todo ese rollo de intentar cambiar el mundo, ¿verdad? –Empleó ahora cierto tono irónico.

– ¿Tanta gracia te hace, Miguel? El otro día parecías tomarte más en serio estos temas. –La respuesta seria de Sty no dejaba lugar a la duda.

La última frase sonó tremendamente amenazante. Miguel se dio cuenta de que había metido la pata hasta el fondo usando ese tonito de gilipollas. Sty, además de ser un excelente cliente de la oficina no le hacía sentirse demasiado cómodo con ese halo de misterio que lo envolvía. A ver cómo salía ahora de esto.

– No, no… no quería ofenderte, es que no creí que… bueno, quiero decir que… –Miguel di algo, estás quedando como un idiota. –Quería decir que me siento halagado por el hecho de que gente como tú se fije en alguien como yo para un proyecto, a pesar de que… de que estoy bastante realizado con mi trabajo aquí. Yo, además… yo… esto, tengo un buen puesto, un buen sueldo, y…

Miguel continuaba nervioso saltando de un sitio a otro sin ningún criterio, los silencios de Styrbjorn le estaban cayendo como una losa, ¿seguiría escuchando al otro lado, o habría colgado ya?

– Por favor, ¡deja ya de decir estupideces! –le cortó de golpe Sty. –Cuéntale a otro toda esa basura de la estabilidad laboral, los dos sabemos perfectamente de qué estamos hablando.

– Pero yo… –trató de reaccionar Miguel.

– Estoy hablando de asuntos demasiado valiosos –volvió a interrumpirle Sty. –Ambos somos conscientes de que lo más interesante que te puede pasar en el día de hoy es que consigas retener las cuentas de la señora Albar por enésima vez este año, esa dulce y amable anciana. A mí no me cuentes chorradas y escucha cinco minutos, no tengo todo el día.

Miguel, ahora sí, permanecía en su despacho totalmente paralizado, las sospechas sobre que hubiese alguien vigilándole cobraban fuerza, ¿cómo sabía lo de la señora Albar?

– Tengo una corazonada contigo, Miguel –empezó a relatar de forma más pausada Sty –que se confirmó tras la conversación que mantuvimos el otro día; creo que eres una persona con talento, alguien especial, y sobre todo, una buena persona, la vida te ha hecho sufrir a veces y eso curte. Lo más grave de todo este delicado asunto es que tú también sabes de lo que estoy hablando. Lo llevas dentro desde hace mucho tiempo, pero nunca has tenido el suficiente valor para dar el paso. Te da miedo contarlo, o puede ser que… ¿nunca ha habido nadie a quien contárselo…? –le preguntó finalmente.

Un tremendo silencio volvió a impregnar la estancia. Miguel no tenía palabras, estaba boquiabierto y con los ojos de par en par.

– No tengo tiempo para decirte nada más ahora mismo, debo colgar. Nos vemos el viernes, a las nueve de la noche, en la cafetería Lugano, de Puerto Banús –le emplazó Styrbjorn.

– Yo, yo… –tartamudeó Miguel –el viernes debo estar en Madrid y no sé a qué hora podré llegar, es una reunión de obligada asistencia y…

– Ese no es problema mío. Cámbiala o vente antes, el viernes a las nueve de la noche en la cafetería Lugano, de Puerto Banús, eres libre de venir o no, depende únicamente de ti –le soltó a modo de reto Sty.

– Voy a tratar de cambiar la reunión del viernes. –Esa fue la pobre respuesta de Miguel.

– No se engañe, señor Barrat, allí estará el viernes a las nueve en punto, no tiene nada más interesante que hacer, nunca lo ha tenido y su curiosidad por todo este asunto empieza a estar muy por encima de cualquier plan alternativo que se pueda imaginar. Aplace o cambie lo que sea necesario, no creo que nadie se muera por ello…

Aquel nadie se muera por ello, empezaba ya a asustarle un poco. Miguel hubiese preferido no escucharlo.

– Intentaré estar allí, me quedo con este número de teléfono por si…

– ¡Olvídate de este número! –pareció recriminarle Sty. –En cuanto cuelgue no servirá para nada, si hubiese algún cambio yo me pondré en contacto contigo. Tengo que irme, el viernes podré contarte algo más…

De repente la conversación se había terminado, Miguel seguía impresionado, inmóvil como una estatua sobre la silla de su oficina. No sabía qué decir o hacer. Demasiado para una conversación telefónica tan corta. Absorto en sus pensamientos miraba la plaza a través de su ventana, casi como si el zombie en que parecía haberse transformado esta mañana no quisiera abandonarle.

Con las primeras horas del día la calle comenzaba a recobrar su vida habitual, acorde con las fechas en las que se encontraba. Lo cierto es que Sty había dado en el clavo, se sentía solo desde hacía mucho tiempo, y su trabajo… su trabajo era monótono y aburrido, pero ¿qué podía hacer él? ¿Cómo iba a cambiar eso? Muchas veces se planteó mandar todo a la mierda para irse no sabía bien dónde. Quizás a Australia como ya lo hizo su familia años atrás, o igual a otro lugar, hacer algo diferente emocionante e inspirador, algo que llenase su vida, pero siempre le faltó el valor para dar ese paso.

Miguel sostenía de nuevo el teléfono en las manos intrigado, miró la pantalla para buscar las llamadas recientes cuando… ¡No podía ser! No estaba ahí. Volvió a coger el Post it que todavía estaba sobre su mesa y marcó nuevamente… ¡Nada! Sty llevaba razón, maldito cabrón. Se recostó nuevamente sobre su asiento, miró a su ordenador antes de suspirar. Tenía que cambiar su reunión del viernes en Madrid, al responsable de Recursos Humanos, Julián Santos, no le iba a gustar demasiado, pero… ¡que le den por culo! Hasta él mismo se sorprendió por la reacción que acababa de tener. Quién sabe, igual después de todo el señor Ljunberg tuviese razón sobre él…

A más de veinte mil kilómetros de distancia, y sobre una finísima arena blanca Styrbjorn Ljunberg meditaba tras su conversación con Miguel; el inmenso océano Pacífico al fondo cubría cualquier punto hacia donde sus ojos quisieran mirar. Qué inmensidad, qué esplendor… era una extraña atracción la que ese precioso lugar ejercía sobre él… No tenía todas consigo de que aquello fuera a salir bien, pero el destino lo había puesto ahí por algo, el viejo lo sabía y así se lo transmitió meses atrás, aunque nunca quiso escucharle, pero como tantas veces, el tiempo le había dado la razón una última vez, aunque esta vez no estaría ahí para reprochárselo como si de un chiquillo se tratara, ya no estaba con él y nunca más recibiría sus sabios consejos, se encontraba solo y era el momento de actuar. ¡No! Él no era tan prudente ni tan precavido, ni mucho menos disponía de sus refinados modales. Probablemente esa distancia abismal que por otra parte tanto los unía, fuese el motivo de su elección. Lo cierto es que actuaría en consecuencia de su marcada personalidad. Miró hacia el cielo mientras una lágrima caía de sus ojos, sería la última.

– No te voy a defraudar ¡Lo juro!

Escuchó cómo una mujer entonaba su nombre de fondo, requerían de su presencia para continuar. Tenía que irse, hacía algo de frío y empezaba anochecer, recogió sus sentimientos y volvió a mirar al cielo antes de irse. ¡Lo juro!