Capitulo 2

Ciudad de Marbella (España)

Lunes – 25 de Julio de 2011 – 8:00h.

Veinte días después.

Eran cerca de las ocho de la mañana y como cualquier lunes, Miguel Barrat estaba llegando a su trabajo. A primera hora del día se sentía una suave brisa del cercano mar Mediterráneo que lo invadía todo; agradecía incluso llevar traje y corbata, aunque pronto empezarían a sobrarle. Nunca fue de su agrado usar un disfraz para ir a trabajar. Aquella indumentaria era una especie de careta que le gustaría no necesitar, pero tampoco le dio la suficiente importancia como para iniciar, enarbolando tan banal pretensión, una cruzada en solitario; lo llevaba, y punto.

Miguel siempre se consideró un tipo de lo más normal, tenía treinta y siete años para treinta y ocho, a cumplir el próximo 17 de diciembre, y vislumbrar los cuarenta le empezaba a dar algo de vértigo. Siempre había llevado una vida ordenada, fue un buen estudiante en el colegio y posteriormente cuando realizó la licenciatura en Economía por la Universidad de Sevilla, no sin algún tropiezo debido, principalmente, al inesperado fallecimiento de sus padres en un terrible accidente de tráfico, cuando solo tenía diecinueve años. Puede que este trágico suceso acentuase su carácter introvertido y la incapacidad de mantener una relación realmente seria con cualquier mujer; y es que tres, cuatro meses, era su famélico récord, y no por su falta de atractivo hacia el sexo femenino, a pesar de que él nunca se consideró así. Para ellas era un tipo bastante guapo, su casi metro ochenta de altura, un perfecto y ondulado pelo oscuro sumado a sus enormes ojos negros, rasgos que a priori en Andalucía no deberían llamar la atención, hacían el resto del trabajo. Nunca fue un “musculitos” de gimnasio, odiaba ese perfil de tío, pero siempre se había mantenido físicamente en forma; los deportes eran una de sus grandes pasiones, y en innumerables ocasiones los empleaba para desfogarse y así poder escapar de la dura realidad, que tan fuertemente le golpeó siendo solo un adolescente.

Todos estos acontecimientos, sumados a que era hijo único y a que su actual familia, encabezada por su tío, hermano de su padre, junto a su tía y sus primos, se habían trasladado hacía casi veintiocho años a Melbourne (Australia), y a los cuales, pese a haber mantenido un cercano contacto, cada vez veía menos, ahondaban en él un profundo sentimiento de soledad. Por otra parte, los múltiples destinos dentro del banco donde trabajaba, no facilitaban el que la estabilidad llegase a su vida.

Mientras Miguel continuaba su camino hacia la oficina notó que el paseo marítimo de Puerto Banús estaba plagado de todo un pelotón de limpieza que, afanado en su trabajo, parecía dispuesto a dejar la calle lista para pasar revista. Entremezclados, algunos grupos de jóvenes apuraban sus últimas horas de la noche, pese a que los primeros rayos de sol hacía tiempo que asomaban desde el este. Un grupo en concreto llamó su atención; tomaban alguna porción de pizza en un puesto callejero que hacía su habitual agosto, como cada verano. A pesar de que el día anterior fue domingo, por esas fechas empezaba a dar igual, todas las noches se podían alargar y complicar peligrosamente; la oferta de ocio, fiesta y entretenimiento era infinita.

Miguel los observó un momento con esa expresión de cansancio en el rostro, sus camisas arrugadas, y como no podía ser de otra manera, algo despeinados. Los miraba, con una mezcla de ternura y de nostalgia, cómo devoraban un peculiar desayuno; no hacía tanto tiempo que él había estado apoyado en algún coche mientras hacía lo mismo con una hamburguesa o un perrito caliente. Tampoco es que echase tanto de menos esos momentos, la vida no le iba nada mal, y el mero recuerdo de los exámenes en la universidad le producía pavor, aunque visto ahora con la perspectiva que dan los años, el escenario tampoco era tan terrible.

–¡Dios mío! Parezco un viejo y solo tengo treinta y siete años –se dijo mientras seguía con su peregrinaje hacia su rutina de cada día.

Pero sus pensamientos no los llenaban el grupo de adolescentes tratando de rebajar su noche de resaca con una porción templada de pizza margherita, ni la pléyade de eficientes limpiadores municipales.

Sus pensamientos se centraban en ese misterioso… personaje, por llamarlo de alguna manera, con el que hacía tres semanas mantuvo la conversación más extraña de su vida, por no hablar del “marrón” en el que se podía haber metido al tratar de hacerle un favor; lo cierto es que era un magnífico cliente del banco, y mantenía unas nada desdeñables posiciones en su oficina, pero jamás en cinco años que llevaba como director de la sucursal de Marbella-Puerto Banús, situada en una de las zonas más exclusivas de Europa, había mantenido una conversación propiamente dicha con él, descontando por supuesto lo estrictamente protocolario en estos casos. Puede que si fuese director en un pueblo de La Mancha, un hombre con semejantes características hubiese llamado la atención. Su apariencia joven, con más de metro noventa de altura, complexión fuerte, o mejor dicho muy fuerte, un pelo desproporcionadamente rubio, debido seguramente a su origen sueco, y unos enormes ojos verdes, no pasaban desapercibidos fácilmente. Sus modales y educación, exquisitos, que rozaban la exageración, chocaban frontalmente con los enormes tatuajes de colores que poblaban sus brazos y no se sabía muy bien dónde terminaban.

Pero esto no era “Villajimena del Pedroso”. Estábamos en Marbella, la Costa del Sol española, y una persona así por estos lares no llamaba la atención más que cualquier otra. En sus casi cinco años destinado en Puerto Banús había visto suficientes excentricidades como para no sorprenderse con facilidad, además no estaba en aquel particular destino por casualidad; su familia siempre había gozado de una más que cómoda posición social y económica, herederos de un antiguo imperio textil en Cataluña venido a menos que su tío volvió a reflotar, esta vez en el extranjero. Él, desde que solo era un niño, había estudiado siempre en los mejores colegios tanto en Sevilla como en Barcelona. Fue educado para tratar con este tipo de gente. Personas que disponían de varios millones de euros en su banco, pero que no sabían exactamente la cantidad, ni si la transferencia que enviaron a Luxemburgo la semana pasada la hicieron desde tu entidad o desde el banco que está un poco más abajo de la calle, en el fondo tampoco les importaba demasiado; normalmente se despedían porque llegaban tarde a la partida de golf en Sotogrande. “Malditos niños ricos, todos parecían iguales”.

Pero este en cambio era diferente, a pesar de llevar una vida “normal” acorde con el lugar donde se encontraban, era la persona más inteligente con la que jamás había tratado; su aspecto físico le engañó por completo, pensó que sería el joven heredero de una importante familia sueca, un niño rico más, pero se dio cuenta de que estaba equivocado. Dominaba más de diez idiomas, había estudiado en algunas de las mejores universidades del mundo como Uppsala (Suecia) donde se doctoró cum laude en Física y Matemáticas para posteriormente trasladarse a Harvard (EEUU) y hacer lo mismo en Economía y Derecho Internacional.

Extraño contraste con su apariencia física. No en pocas ocasiones le recordó al de un temible vikingo del siglo XII dispuesto para el abordaje. En esos momentos agradecía no haber vivido novecientos años atrás y tener que encontrarse cara a cara con alguien similar blandiendo una enorme hacha en la mano; de momento, y gracias a Dios, lo único que el señor Ljunberg llevaba en su mano era algo parecido a una Blackberry.

Eran casi las ocho y diez de la mañana cuando entró en la plaza Antonio Banderas, de Puerto Banús, donde se encontraba la oficina, un lugar privilegiado, sin duda. La entidad, el lugar y el tipo de clientela así lo exigían.

La oficina constaba de una planta baja de atención comercial, muy similar a la de cualquier banco convencional, aunque en este caso, bastante más elegante. Desde la calle, se podía contemplar prácticamente toda la oficina, gracias a sus amplias puertas de cristal que daban acceso a la misma. Una vez dentro, había dos elegantes despachos a la izquierda y dos a la derecha, lo suficientemente distantes entre sí y del resto de la oficina para mantener la confidencialidad de los clientes, aunque ninguno de los mismos tenían puerta de acceso, las separaciones eran únicamente laterales. En medio del inmenso hall con suelo de mármol, se ubicaban un par de elegantes sofás de diseño, en los que resaltaban sus enormes respaldos junto con algunas macetas de plantas exóticas, que se distribuían de manera aleatoria por diferentes zonas de la oficina. El resto se podía imaginar fácilmente: mesas, puertas, sillas, iluminación… todo con un diseño exquisito, no se libraban de la borrachera de buen gusto ni los picaportes de las puertas, un bonito y sutil diseño metálico en forma cilíndrica, y que tanto llamaron su atención el primer día de trabajo; gracias a ellos no había incómodas llaves. Estos picaportes incorporaban unas claves de seguridad asociadas a números. El mecanismo era similar al de las maletas de viaje, y solo tras alinear los números en el orden correcto se podía acceder a ciertos lugares. Los responsables de la empresa de seguridad le explicaron posteriormente que las claves podían sustituirse por códigos en braille en caso de ser necesario, todo un alarde de medios. Tras la entrada se llegaba a un enorme mostrador con forma de C para, únicamente, dos puestos de atención en caja, con aspecto más de recepción de un selecto hotel de cinco estrellas que una caja de atención al público en una sucursal bancaria. Junto a ellos, a su derecha, se encontraba el despacho del subdirector, interventor, responsable administrativo o como diablos quisieran llamarlo hoy en día. Marcos Galván era la mano derecha de Miguel y el principal responsable de dar cuerda a diario, y de manera casi incansable, a aquella complicada maquinaria. Marcos era un tipo bajito que, con casi cincuenta años a cuestas, y con la inestimable ayuda de una vida sedentaria y el consumo habitual de “zumo de cebada” comenzaba a hacer gala de un físico venido a menos. Su antaño abundante cabellera morena, probablemente debido a causa del estrés, dejaba paso a unas generosas entradas, lo cual, unido a unas peculiares gafas de ver, le conferían un aspecto de revisor de estación de la época franquista.

El resto de las dependencias las ocupaban los diferentes gestores de Banca Privada para la atención exclusiva de los clientes de la oficina. A continuación lo realmente importante: junto a unas escaleras el ascensor daba acceso tanto a la primera planta como al sótano, lugar destinado para las cajas fuertes, allí se guardaba el dinero de uso diario de la oficina y algunos archivos.

En la primera planta se ubicaba el despacho de Miguel y el de su ayudante, a los que se añadían un par de estancias. La más pequeña y moderna, usada como sala de reuniones, y otra algo mayor y elegante, que se empleaba a modo de sala de juntas, para reuniones y firmas importantes. El sótano era un lugar totalmente blindado e ignífugo donde se guardaban archivos de mayor relevancia, las mencionadas cajas fuertes, más un servicio especial destinado a unos pocos privilegiados: las cajas de seguridad contratadas por algunos clientes para guardar en ellas objetos o posesiones importantes. Joyas, oro, diamantes y todo tipo de valiosos documentos, escrituras certificando relevantes posesiones, contratos, acciones… debía haber una auténtica fortuna allí abajo. Y, por supuesto, dinero, enormes cantidades de dinero que descansaban tranquilamente del bullicio exterior en sus cómodos compartimentos.

Ese día Miguel no tenía muchas ganas de encontrarse con nadie, así que optó por acceder al banco por el edificio de oficinas en el que se encontraba la sucursal. Una puerta en su interior conducía directamente a la primera planta. Tras cruzar el umbral del edificio saludó a Antonio, conserje del mismo, sin intentar entrar en conversación con él, aspecto este último realmente complicado. A veces prefería mantener una breve charla absurda antes de empezar con los problemas diarios, hoy ni eso…

–Buenos días, Antonio, ¿todo bien? –saludó Miguel como si nada.

–¡Hombre! El señor Barrat. Buenos días –contestó el conserje bastante animado.

Antonio era un hombre de unos cincuenta y tantos años, que se conservaba bastante bien. No demasiado alto, muy moreno en todos los aspectos, pelo, ojos, piel, y con un característico bigote.

Miguel odiaba que le llamasen “señor Barrat” y por el tono guasón empleado en innumerables ocasiones por Antonio, parecía que este lo intuyese. No podía dejar de ver, cada vez que lo escuchaba, al profesor Arteaga, que le impartió la asignatura de Química en los últimos años de bachillerato, de infaustos recuerdos para él.

–¿Cómo va lo de mi préstamo, Miguel? –Volvió a preguntarle Antonio.

–Acabo de hablar con el presidente del Banco ahora mismo, y es cuestión de que cerremos algunos detalles sin importancia, creo que esta

misma semana podremos firmarlo. –Le contestó Miguel.

Ambos rieron con la ocurrencia porque sabían perfectamente que el tipo de banco donde trabajaba Miguel ni se planteaba estudiar solicitudes de financiación para clientes del perfil de Antonio, pero hacía tiempo que venían manteniendo esta simpática broma entre ambos.

–¡Magnífico! –exclamó el conserje con una sonora palmada, que a Miguel le hizo retumbar los oídos. –Es usted un fenómeno, director, ya verá cuando se lo diga a mi mujer, no se lo va a creer.

–No me des las gracias, Antonio, todo el mérito es del presidente que tanto se ha involucrado en esta operación; ya tendrás tiempo de dárselas a él personalmente –respondió Miguel mientras se dirigía como un zombie hacia las escaleras que daban acceso a la primera planta.

Inmediatamente se percató de que la alarma se encontraba desconectada: Sara Lozano siempre llegaba muy pronto. Era la persona que el banco le asignó con el cargo de ayudante de dirección. Lo cierto es que se trataba de una secretaria algo más sofisticada de lo normal. Muy eficiente y trabajadora, aunque un poco “pelota” a veces.

–Buenos días, Sara –trató de pasar inadvertido Miguel.

–Buenos días, Miguel, tenemos un montón de cosas que ver esta mañana –comenzó a hablar Sara a toda velocidad. –Han llamado desde

la notaría para informarnos de que la propuesta del señor Kelly está lista para firmar, aunque el notario quería comentar contigo algunos

detalles, por otro lado tenemos pendiente revisar las carteras de la familia Logan, querían traspasar algunas posiciones a Fondos de Inversión más conservadores… –Sara continuaba parloteando como un papagayo. –La señora Albar, que parece tener 15 años en vez de 88, ¡qué vitalidad! Ha vuelto a llamar indignada, esta vez no sé si por las tarjetas de crédito o por las de acceso a internet, gritaba amenazando con cancelar todas sus cuentas si no la llamabas de inmediato.

–Pufff –suspiró Miguel.

Era lunes y apenas habían pasado unos minutos de las ocho de la mañana y ya tenía ganas de irse a dormir otra vez.

–Creo que la señora Albar está locamente enamorada de ti, y no sabe cómo llamar tu atención… –comentó Sara con una risita burlona.

–No digas tonterías, simplemente se encuentra un poco sola y necesita de vez en cuando algo de cariño y que alguien la escuche –argumentó Miguel.

–Y quién mejor para escucharla que el apuesto director de oficina donde mantiene casi todos sus ahorros –ahora Sara, con una pícara sonrisa en la cara, jugueteaba con su pelo.

–Bueno, ¿algo más? –Trató así de cambiar de tema Miguel, le ponían nervioso aquellas constantes insinuaciones.

–Sí –añadió algo más seria. –Ha vuelto a llamar Julián Santos, de Recursos Humanos; necesita que le confirmes urgentemente tu asistencia a la reunión de directores este viernes en la central de Madrid. Ha insistido en que la presencia de todos los directores de oficina antes de coger sus vacaciones es obligatoria, y las tuyas empiezan este mismo viernes. –Dejó caer sutilmente en el ambiente, como si Miguel no lo supiese: cito palabras textuales del susodicho “Sean de la oficina que sean”.

–¡Valiente imbécil! –clamó un Miguel indignado. –Estos estúpidos se creen el centro del universo, y que su trabajo es lo más importante del mundo, piensan que aquí estamos todo el día tocándonos los cojones.

–Ya lo sé, son todos iguales. –Sara le daba la razón intentando tranquilizarle.

–De todas maneras, llámale cuando puedas. –Añadió resignada.

Sara era consciente de que no sería bueno para la oficina un enfrentamiento con algunos jefazos de Madrid, por muy estúpidos que fueran.

–Bueno, Sara, voy a entrar en el despacho, a ver si puedo encender el ordenador para responder algunos correos, todavía no me he tomado ni un café y estoy medio dormido; veo, en cambio, por tu vitalidad, que debes haberte bebido un cubo entero ya. Dame un par de horas y nos sentamos tranquilamente para repasar todos los asuntos pendientes–trató de ganar así algo de tiempo de reposo. –Este año tengo que intentar irme de vacaciones con todo medianamente atado –concluyó este con una mueca de conformismo, típica en quien conoce de antemano la imposibilidad de cumplir con “los plazos” previstos.

–Perfecto, jefe. –Una risueña Sara lo miraba embelesada.

Miguel se dio la vuelta para dirigirse a su elegante despacho, distribuido de manera bastante diáfana: completamente acristalado, al igual que el resto de divisiones realizadas en la planta, suelo de madera oscura, algunos cuadros y obras de arte pertenecientes a la colección privada del banco, una mesa de un color blanco roto acompañada por sillas de cuero ligeramente más oscuras, y una amplia ventana a su derecha, que le proporcionaba unas privilegiadas vistas hacia la plaza.

–¡Ah, jefe! Se me olvidaba –llamó su atención Sara cuando se adentraba en sus “aposentos”.

Miguel odiaba que sus compañeros, como él los consideraba, le llamasen “jefe”, pero en el caso de Sara era una pelea perdida, quizás formase parte de ese coqueteo que se traía con él.

–Llamó también su amigo “el Sueco”, el señor… Ljunbielrg, o como diablos se diga. –La manera en pronunciar su nombre sonó horrible.

Al escucharlo, a Miguel le dio un vuelco el corazón, ¿qué querría?

–¿Dejó algún número para poder localizarlo? –insistió Miguel tratando de disimular su creciente curiosidad.

–Sí, es un número muy extraño, no tengo la menor idea de dónde será,te lo he dejado apuntado en un Post it sobre tu mesa –le explicó. –Por cierto, el señor Ljumberjg insistió en que le llamases desde tu teléfono móvil, en ningún caso desde un fijo.

– ¡Qué extraño! –pensó Miguel rascando su pelo ondulado. –Muchas gracias, Sara.

– De nada… jefe –concluyó ella mientras le sonreía nuevamente.

Lo cierto es que Sara era una chica bastante mona, y aunque nada del otro mundo, tenía un buen cuerpo a pesar de ser algo bajita. Si tuviera que describirla a un amigo en un bar sucintamente le hubiera dicho que: “Sara era una morenita mona y pechugona”, característica significativamente importante en una mujer con ganas de atraer a un hombre, y ella desde hacía algún tiempo dejaba intuir con gracia sus atributos, pero… no, eso no iba a ninguna parte, tarde o temprano debería cortar ese sutil tonteo, aunque ahora, a una semana de irse todo un mes de vacaciones no le importase demasiado, ese sería un tema a tratar a su vuelta en septiembre. Ahora lo único que ocupaba su mente era aquella llamada…